NICOLÁS ESTÉVANEZ Y MURPHY: CRONISTA Y PROTAGONISTA HACE 141 AÑOS
Nicolás Estévanez se encontraba en Cuba, cuando se produce el fusilamiento de los ocho estudiantes de Medicina en La Habana, fueron detenidos en La Habana, el día 24, acusados falsamente de haber arañado la tumba de un periodista español.
Al día siguiente los estudiantes fueron procesados en juicio sumarísimo. Todos los años los cubanos celebran el aniversario con marchas juveniles y diversos actos y conferencias, y también se acuerdan este día de la valiente actitud de nuestro paisano Nicolás Estévanez, que como consecuencia de la experiencia vivida, abandona definitivamente el ejército español, indignado y avergonzado ante semejante injusticia y afrenta.
![]() |
| PLACA COLOCADA EN LA "ACERA DEL LOUVRE" (LA HABANA) |
Nicolás Estévanez nos ofrece en sus Memorias, una crónica detallada de aquellos días que vivió con sufrimiento y pesar, estos acontecimientos históricos que dejaron un recuerdo inborrable en la memoria colectiva del pueblo cubano.
NARRACIÓN EN LAS "MEMORIAS" DE NICOLÁS ESTÉVANEZ ... (1)
EN LA HABANA
DE REMPLAZO
En cuanto desembarqué hice mis presentaciones
oficiales. Quedé en situación de remplazo; es decir, con la única obligación de
pasearme por la acera del Louvre, por la alameda de Paula o por los muelles. No
me sorprendió el que no me dieran colocación activa ni en guarnición ni en
campaña, porque en La Habana había una verdadera inundación de jefes y oficiales.
Algunos llevaban años paseándose por Carlos III y murmurando de todo.
En La Habana se conocía bien poco, o no se conocía,
que hubiera guerra. Los paseos animados, los cafés muy concurridos, los teatros
llenos, los negocios en plena actividad y en el puerto multitud de barcos. Los
periódicos mismos, si hablaban de la guerra, era en una sección muy secundaria,
como de cosa corriente y sin importancia alguna.
![]() |
| CAFÉ EL LOUVRE |
Oí contar las tropelías cometidas por los
voluntarios en años anteriores, y desde luego creí, no que fueran en absoluto
invenciones de los insurrectos, sino que se exageraban los excesos de un
patriotismo exaltado.
Convencido, de que tardarían meses y años en darme
colocación activa, si acaso me la daban, me dediqué a la lectura. En pocas
semanas devoré más volúmenes que piñas.
Y así transcurrió el mes de noviembre, hasta que un
día, creo que fue el 24, me dijeron que los voluntarios andaban algo revueltos
con motivo de una broma de los estudiantes. Le di tan poca importancia a todo,
así a la estudiantil calaverada, si por acaso era cierta, como a la calentura de
los voluntarios, que no hice caso ninguno.
Al día siguiente supe que los estudiantes de
medicina estaban presos, y alguien me anunció que iban a ser fusilados. Me eché
a reír.
Pero la cosa era demasiado cierta, como luego se
verá.
Sometidos los muchachos a un consejo de guerra y
probada su inocencia, hubieran sido absueltos si los capitanes que constituían
el tribunal militar no hubiesen tenido la debilidad de creer que se evitarían
mayores males imponiéndoles algún castigo, y en consecuencia fueron sentenciados
todos —eran cuarenta y cinco— a la pena de arresto mayor y multa.
Pero la sentencia, por benigna, exasperó a las
fieras, a los voluntarios brutales y carnívoros, que se amotinaron en la Punta,
donde está la cárcel. A mi barrio no llegaba el ruido porque yo vivía muy
lejos.
Ignoraba, pues, que se había constituido nuevo
consejo de guerra, compuesto en su mayoría de voluntarios, el cual dictó ocho
sentencias de muerte. Sentencias ilegales, como el consejo mismo, cuya
formación no debió consentir la autoridad.
Estaba ausente el capitán general, conde de
Valmaseda, y había recaído el mando en otro general, que cedió cobardemente a
la presión de una turba inconsciente, insubordinada y sanguinaria.
FUSILAMIENTOS
DE ESTUDIANTES
El día 27 —creo que fue el 27— lo pasé en mi casa
leyendo todo el día, sin que llegaran a mí ni noticias ni rumores. A la tarde
salí tranquilamente con dirección al Louvre, y me llamó la atención que
estuvieran solitarias las calzadas y silenciosa la calle de San Rafael. Todas
las tardes a la misma hora estaba el café del Louvre, como los contiguos,
rebosando gente, y me detuve a la puerta, muy sorprendido de que allí no
hubiera casi nadie. En aquel momento llegó a mis oídos el ruido seco de una
descarga cerrada.
- Que los están fusilando
- ¿A quién?
—A los estudiantes.
Nunca, ni antes ni después, en ninguno de los
trances por los que he pasado en la vida, he perdido tan completamente la serenidad.
Me descompuse, grité, pensé en mis hijos, creyendo que también los fusilaban;
no sé lo que me pasó; ahora mismo no acabo de explicármelo. Dos camareros se
apoderaron de mí, encerrándome en un patinillo, sin lo cual es posible que a mí
también me hubieran asesinado cuando las turbas aullando volvían del
fusilamiento. Al poco rato se abrió la puerta del patio y entró uno de aquellos
honrados camareros con otra persona para mí desconocida; era, sin duda, un
cirujano, pues sin examinarme y sin hablarme siquiera me sangró. Después me
llevaron
a mi casa en coche.
Si por casualidad, o sin casualidad, viven aún
aquellos camareros o el cirujano, y cayera en sus manos este libro, les agradecería
que me escribieran; porque todavía no les. he dado las gracias... ni he pagado
el coche.
No dormí; formé el propósito de abandonar la isla,
donde cualquier día podría tener la desgracia de formar parte de algún consejo
de guerra, y yo no era capaz de condenar inocentes por ningún género de
consideraciones. Aquella noche de insomnio y pesadillas la recuerdo ahora como
un delirio confuso, como un tormento borroso por la distancia, como el martirio
de un hombre a quien arrancan de cuajo, no los miembros, sino el alma, los más
arraigados sentimientos y todas las ilusiones.
Yo no conocía más que a uno de los fusilados; no lo
había conocido en Cuba, sino en Llanes, cuando él era muy niño; pero lo que
agitaba mi conciencia y me perturbaba el ánimo no era solamente el crimen de
lesa humanidad, sino también el baldón eterno para España.
ABANDONO LA
HABANA. PATRIOTISMO
Sí; la fría razón podrá decirnos que la patria es
una convención, un artificio; que las fronteras no son inmutables; que así como
se muere por casualidad en cualquier parte del mundo, también se nace en
cualquiera por pura casualidad. Pero la razón no puede nada contra el
sentimiento, y yo no podía renegar ni prescindir de una patria por la que
siempre he sentido algo semejante a la veneración. ¿Es una insensatez? ¿Es un
absurdo?
Conforme; pero que me arranquen las entrañas,
porque en ellas, y no en el raciocinio, está lo que tengo de patriota.
El patriotismo fue, precisamente, lo que me hizo
abandonar la isla de Cuba. Yo no podía permanecer en ella. Si hubiese permanecido,
seguramente hubiera acabado mal: antes que la patria están la humanidad y la
justicia. Por otra parte, el ejército en La Habana carecía de fuerzas para
resistir a los voluntarios, para desarmarlos, para disolverlos, para
exterminarlos si era menester, en desagravio de España. Pero pudo a lo menos
protestar de la conducta de los voluntarios, y no lo hizo; lo que hizo
entonces, como antes y después, fue prodigarles inmerecidas lisonjas que constan
en documentos públicos. Una vergüenza.
Pasarán los años y los siglos, y cuando nadie se
acuerde, ni aun la Historia, de la existencia de los voluntarios, subsistirá el
borrón, la mancha indeleble que echaron torpemente sobre España los cobardes
asesinos. Y caerá también sobre el honrado ejército español, por no haber
querido o no haber podido refrenar los desmanes de las fieras.
Los batallones de voluntarios de Cuba se componían
de españoles y de cubanos adictos, gente en general tosca y grosera. En algunos
pueblos prestaron buenos servicios a España y se batieron bien; pero en las
ciudades grandes, y en La Habana particularmente, no hicieron más que perturbar
con sus abusos, con sus exigencias, con sus crímenes. Tenían por toda excusa el
patriotismo inconsciente, y bien dirigidos habrían podido ser útiles.
Pero sus jefes, sus consejeros, sus guías, los que
los azuzaban a perpetrar todo género de enormidades, eran los viles negreros, piratas
enriquecidos, y algunos abogados charlatanes y ciertos defraudadores del
Estado, corruptores de los funcionarios, que se valían de las masas para sus
fines políticos y para sus negocios. Hasta para delinquir invocaban el honor de
España. Lo que el honor de España reclamaba no era sangre de inocentes, ni siquiera
de culpables, sino justicia, humanidad y honradez. Hubiéralas habido, y no
seríamos, como lo seremos, execrados por la Historia.
El capitán general, que estaba en campaña
dirigiendo las operaciones, volvió a La Habana precipitadamente; pero cuando llegó
se habían consumado el crimen y la deshonra. Todavía era tiempo de evitar la
última, castigando a los culpables, pero no lo hizo; creo que ni siquiera lo
pensó.
(1) Fragmentos de mis Memorias. Nicolás Estévanez y Murphy. Madrid. Hijos de R. Álvarez tip., 1903, 2ª edición
(1) Fragmentos de mis Memorias. Nicolás Estévanez y Murphy. Madrid. Hijos de R. Álvarez tip., 1903, 2ª edición




No hay comentarios:
Publicar un comentario