lunes, 26 de noviembre de 2012

27 NOVIEMBRE 1871: FUSILAMIENTO EN CUBA DE OCHO ESTUDIANTES

NICOLÁS ESTÉVANEZ Y MURPHY: CRONISTA Y PROTAGONISTA HACE 141 AÑOS

Nicolás Estévanez se encontraba en Cuba, cuando se produce el fusilamiento de los ocho estudiantes de Medicina en La Habana, fueron detenidos en La Habana, el día 24, acusados falsamente de haber arañado la tumba de un periodista español.
Al día siguiente los estudiantes fueron procesados en juicio sumarísimo. Todos los años los cubanos celebran el aniversario con marchas juveniles y diversos actos y conferencias, y también se acuerdan este día de la valiente actitud de nuestro paisano Nicolás Estévanez, que como consecuencia de la experiencia vivida, abandona definitivamente el ejército español, indignado y avergonzado ante semejante injusticia y afrenta. 

PLACA COLOCADA EN LA "ACERA DEL LOUVRE" (LA HABANA)

Nicolás Estévanez nos ofrece en sus Memorias, una crónica detallada de aquellos días que vivió con sufrimiento y pesar, estos acontecimientos históricos que dejaron un recuerdo inborrable en la memoria colectiva del pueblo cubano. 

NARRACIÓN EN LAS "MEMORIAS" DE NICOLÁS ESTÉVANEZ ... (1)

EN LA HABANA DE REMPLAZO

En cuanto desembarqué hice mis presentaciones oficiales. Quedé en situación de remplazo; es decir, con la única obligación de pasearme por la acera del Louvre, por la alameda de Paula o por los muelles. No me sorprendió el que no me dieran colocación activa ni en guarnición ni en campaña, porque en La Habana había una verdadera inundación de jefes y oficiales. Algunos llevaban años paseándose por Carlos III y murmurando de todo.
En La Habana se conocía bien poco, o no se conocía, que hubiera guerra. Los paseos animados, los cafés muy concurridos, los teatros llenos, los negocios en plena actividad y en el puerto multitud de barcos. Los periódicos mismos, si hablaban de la guerra, era en una sección muy secundaria, como de cosa corriente y sin importancia alguna.
CAFÉ EL LOUVRE
La alegría de la ciudad, claro es, no podía ser general. Había familias de luto, hogares en duelo y ojos llenos de lágrimas. Pero eso no se veía, no podíamos apreciarlo bien los que éramos extraños a la sociedad criolla.

Oí contar las tropelías cometidas por los voluntarios en años anteriores, y desde luego creí, no que fueran en absoluto invenciones de los insurrectos, sino que se exageraban los excesos de un patriotismo exaltado.

Convencido, de que tardarían meses y años en darme colocación activa, si acaso me la daban, me dediqué a la lectura. En pocas semanas devoré más volúmenes que piñas.
Y así transcurrió el mes de noviembre, hasta que un día, creo que fue el 24, me dijeron que los voluntarios andaban algo revueltos con motivo de una broma de los estudiantes. Le di tan poca importancia a todo, así a la estudiantil calaverada, si por acaso era cierta, como a la calentura de los voluntarios, que no hice caso ninguno.
Al día siguiente supe que los estudiantes de medicina estaban presos, y alguien me anunció que iban a ser fusilados. Me eché a reír.
Pero la cosa era demasiado cierta, como luego se verá.
Sometidos los muchachos a un consejo de guerra y probada su inocencia, hubieran sido absueltos si los capitanes que constituían el tribunal militar no hubiesen tenido la debilidad de creer que se evitarían mayores males imponiéndoles algún castigo, y en consecuencia fueron sentenciados todos —eran cuarenta y cinco— a la pena de arresto mayor y multa.
Pero la sentencia, por benigna, exasperó a las fieras, a los voluntarios brutales y carnívoros, que se amotinaron en la Punta, donde está la cárcel. A mi barrio no llegaba el ruido porque yo vivía muy lejos.
Ignoraba, pues, que se había constituido nuevo consejo de guerra, compuesto en su mayoría de voluntarios, el cual dictó ocho sentencias de muerte. Sentencias ilegales, como el consejo mismo, cuya formación no debió consentir la autoridad.
Estaba ausente el capitán general, conde de Valmaseda, y había recaído el mando en otro general, que cedió cobardemente a la presión de una turba inconsciente, insubordinada y sanguinaria.

FUSILAMIENTOS DE ESTUDIANTES

El día 27 —creo que fue el 27— lo pasé en mi casa leyendo todo el día, sin que llegaran a mí ni noticias ni rumores. A la tarde salí tranquilamente con dirección al Louvre, y me llamó la atención que estuvieran solitarias las calzadas y silenciosa la calle de San Rafael. Todas las tardes a la misma hora estaba el café del Louvre, como los contiguos, rebosando gente, y me detuve a la puerta, muy sorprendido de que allí no hubiera casi nadie. En aquel momento llegó a mis oídos el ruido seco de una descarga cerrada.

- ¿Qué ocurre...?—le pregunté a uno de los camareros.
- Que los están fusilando
- ¿A quién?
—A los estudiantes.
Nunca, ni antes ni después, en ninguno de los trances por los que he pasado en la vida, he perdido tan completamente la serenidad. Me descompuse, grité, pensé en mis hijos, creyendo que también los fusilaban; no sé lo que me pasó; ahora mismo no acabo de explicármelo. Dos camareros se apoderaron de mí, encerrándome en un patinillo, sin lo cual es posible que a mí también me hubieran asesinado cuando las turbas aullando volvían del fusilamiento. Al poco rato se abrió la puerta del patio y entró uno de aquellos honrados camareros con otra persona para mí desconocida; era, sin duda, un cirujano, pues sin examinarme y sin hablarme siquiera me sangró. Después me llevaron
a mi casa en coche.
Si por casualidad, o sin casualidad, viven aún aquellos camareros o el cirujano, y cayera en sus manos este libro, les agradecería que me escribieran; porque todavía no les. he dado las gracias... ni he pagado el coche.
No dormí; formé el propósito de abandonar la isla, donde cualquier día podría tener la desgracia de formar parte de algún consejo de guerra, y yo no era capaz de condenar inocentes por ningún género de consideraciones. Aquella noche de insomnio y pesadillas la recuerdo ahora como un delirio confuso, como un tormento borroso por la distancia, como el martirio de un hombre a quien arrancan de cuajo, no los miembros, sino el alma, los más arraigados sentimientos y todas las ilusiones.
Yo no conocía más que a uno de los fusilados; no lo había conocido en Cuba, sino en Llanes, cuando él era muy niño; pero lo que agitaba mi conciencia y me perturbaba el ánimo no era solamente el crimen de lesa humanidad, sino también el baldón eterno para España.

ABANDONO LA HABANA. PATRIOTISMO

Sí; la fría razón podrá decirnos que la patria es una convención, un artificio; que las fronteras no son inmutables; que así como se muere por casualidad en cualquier parte del mundo, también se nace en cualquiera por pura casualidad. Pero la razón no puede nada contra el sentimiento, y yo no podía renegar ni prescindir de una patria por la que siempre he sentido algo semejante a la veneración. ¿Es una insensatez? ¿Es un absurdo?
Conforme; pero que me arranquen las entrañas, porque en ellas, y no en el raciocinio, está lo que tengo de patriota.
El patriotismo fue, precisamente, lo que me hizo abandonar la isla de Cuba. Yo no podía permanecer en ella. Si hubiese permanecido, seguramente hubiera acabado mal: antes que la patria están la humanidad y la justicia. Por otra parte, el ejército en La Habana carecía de fuerzas para resistir a los voluntarios, para desarmarlos, para disolverlos, para exterminarlos si era menester, en desagravio de España. Pero pudo a lo menos protestar de la conducta de los voluntarios, y no lo hizo; lo que hizo entonces, como antes y después, fue prodigarles inmerecidas lisonjas que constan en documentos públicos. Una vergüenza.
Pasarán los años y los siglos, y cuando nadie se acuerde, ni aun la Historia, de la existencia de los voluntarios, subsistirá el borrón, la mancha indeleble que echaron torpemente sobre España los cobardes asesinos. Y caerá también sobre el honrado ejército español, por no haber querido o no haber podido refrenar los desmanes de las fieras.



Los batallones de voluntarios de Cuba se componían de españoles y de cubanos adictos, gente en general tosca y grosera. En algunos pueblos prestaron buenos servicios a España y se batieron bien; pero en las ciudades grandes, y en La Habana particularmente, no hicieron más que perturbar con sus abusos, con sus exigencias, con sus crímenes. Tenían por toda excusa el patriotismo inconsciente, y bien dirigidos habrían podido ser útiles.
Pero sus jefes, sus consejeros, sus guías, los que los azuzaban a perpetrar todo género de enormidades, eran los viles negreros, piratas enriquecidos, y algunos abogados charlatanes y ciertos defraudadores del Estado, corruptores de los funcionarios, que se valían de las masas para sus fines políticos y para sus negocios. Hasta para delinquir invocaban el honor de España. Lo que el honor de España reclamaba no era sangre de inocentes, ni siquiera de culpables, sino justicia, humanidad y honradez. Hubiéralas habido, y no seríamos, como lo seremos, execrados por la Historia.

El capitán general, que estaba en campaña dirigiendo las operaciones, volvió a La Habana precipitadamente; pero cuando llegó se habían consumado el crimen y la deshonra. Todavía era tiempo de evitar la última, castigando a los culpables, pero no lo hizo; creo que ni siquiera lo pensó.
(1) Fragmentos de mis Memorias. Nicolás Estévanez y Murphy. Madrid. Hijos de R. Álvarez tip., 1903, 2ª edición



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